Desde la parroquia explicaron que la dedicación de una iglesia es la solemnidad con la que se consagra para siempre en honor de Dios, su hijo Jesucristo y la Virgen María. Cuando un templo es consagrado, queda destinado de manera exclusiva y permanente para la celebración del culto divino.
El lema elegido para la ocasión es "Felices los que habitan en tu Casa y te alaban sin cesar", del Salmo 84, 5.
Durante el rito se harán signos litúrgicos como la colocación dentro del altar de las reliquias de algunos santos, tal es el caso de huesos de San Manuel Ruiz, fraile menor franciscano; una astilla del féretro de San José Gabriel Brochero y piedras y tierra del lugar donde vivió San Juan Bautista.
En el acto el obispo pronunciará una solemne plegaria pidiendo a Dios la gracia de que la parroquia sea siempre un lugar dedicado a la oración y a la celebración de los sacramentos. Luego se derrama el crisma sobre la superficie del altar y se ungen con ese mismo óleo las cuatro cruces de las columnas de la iglesia.